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Perlas que regala la publicidadA veces la publicidad nos regala canciones que posiblemente no hubieramos escuchado nunca de no ser por ella. Gracias a unos tejanos he conocido un disco impresionante, que nace de una colaboracion, cosa que le da mucho mas valor.
Espero que la disfruteis Enjoy the ride - MorcheebaPreciosa.......
Shut the gates and sunset
After that you can't get out You can see the bigger picture Find out what it’s all about You're open to the skyline You won't want to go back home In a garden full of angels You will never be alone But oh the road is long The stones that you are walking on Have gone With the moonlight to guide you Feel the joy of being alive The day that you stop running Is the day that you arrive And the night that you got locked in Was the time to decide Stop chasing shadows Just enjoy the ride If you close the door to your house Don't let anybody in It's a room that's full of nothing All that underneath your skin Face against the window You can't watch it fade to grey And you'll never catch the fickle wind If you choose to stay But oh the road is long The stones that you are walking on Have gone With the moonlight to guide you Feel the joy of being alive The day that you stop running Is the day that you arrive And the night that you got locked in Was the time to decide Stop chasing shadows Just enjoy the ride Stop chasing shadows Just enjoy the ride La caida de FingolfinAhora bien, Fingolfin, Rey del Norte y Rey Supremo de los Noldor, al ver que su pueblo se había hecho numeroso y fuerte y que los Hombres aliados suyos eran muchos y valerosos, pensó una vez más en atacar Angband; porque sabia que vivían en peligro mientras no completaran el círculo del Sitio, y Morgoth pudiera trabajar libremente en las minas profundas, inventando males que nadie era capaz de adivinar antes de que él los revelara. Este propósito era pertinente de acuerdo con lo que él sabía; porque los Noldor no comprendían todavía la fuerza del poder de Morgoth, ni entendían que si libraban solos una guerra contra él no había la menor esperanza de triunfo, fuera que la apresuraran o la demoraran. Pero porque la tierra era hermosa y sus reinos vastos, la mayor parte de los Noldor estaban satisfechos con las cosas tal como eran, confiando en que durarían, y retrasaban un ataque en el que sin duda morirían muchos, fuera en la victoria o en la derrota. Por tanto, estaban poco dispuestos a escuchar a Fingolfin, y los hijos cíe Fëanor, por aquel tiempo, menos que nadie. Entre los jefes de los Noldor, sólo Angrod y Aegnor pensaban como el rey; porque vivían en regiones desde donde podía verse Thangorodrim, y nunca olvidaban la amenaza de Morgoth. De este modo, los planes de Fingolfin no llegaron a nada, y la tierra aun tuvo paz por un tiempo.
Pero cuando la sexta generación de Hombres después de Bëor y Marach no había alcanzado aún la Plenitud de la madurez, habiendo transcurrido por entonces cuatrocientos cincuenta y cinco años desde la llegada de Fingolfin, sucedió el mal que por tanto tiempo habían temido, pero más terrible y repentino todavía que en sus miedos más oscuros. Porque Morgoth había preparado su fuerza en secreto y durante largo tiempo, mientras la malicia de su corazón no dejaba de aumentar y su odio por los Noldor se hacía más amargo; y deseaba no sólo acabar con sus enemigos, sino también destruir y mancillar las tierras que habían tomado y embellecido. Y se dice que su odio pudo más que su prudencia, de modo que si sólo hubiera aguardado un tiempo más, hasta estar bien preparado, los Noldor habrían sido aniquilados por completo. Pero tomó demasiado a la ligera el valor de los Elfos, y a los Hombres no daba todavía ninguna importancia. Llegó el tiempo del invierno, cuando la noche era oscura y sin luna; y la amplia llanura de Ard-galen se extendía en la sombra bajo las frías estrellas, desde los fuertes en las colinas de los Noldor hasta el pie de Thangorodrim. Las hogueras ardían débilmente y los guardianes eran escasos; pocos velaban en los campamentos de los jinetes de Hithlum. Entonces, de pronto, Morgoth envió desde Thangorodrim caudalosos ríos de llamas que más rápidos que Balrogs se esparcieron por toda la llanura; y las Montañas de Hierro eructaban fuegos venenosos de muchos coló res y el humo descendía por el aire, y era mortal. Así pereció Ard-galen, y el fuego devoró sus hierbas, convirtiéndola en un baldío quemado y desolado, de aire polvoriento y sofocante, yermo y sin vida. Desde entonces cambió de nombre y se llamó Anfauglith, el Polvo Asfixiante. Allí tuvieron tumba sin techo montones de huesos chamuscados; porque en ese incendio perecieron muchos de los Noldor que no pudieron llegar a las colinas y fueron atrapados por la precipitación de las llamas. Las alturas de Dorthonion y Ered Wethrin detuvieron los fogosos torrentes, pero los bosques sobre las laderas que daban a Aneband ardieron todos, y el humo confundió a los defensores. Así empezó la cuarta de las grandes batallas, Dagor Bragollach, la Batalla de la Llama Súbita.
Al frente de ese fuego avanzó Glaurung el dorado, Padre de los Dragones, ya entonces en la plenitud de su poder, y con un séquito de Balrogs; y detrás de ellos venían los ejércitos negros de los Orcos, en multitudes que los Noldor no habían visto ni imaginado jamás. Y atacaron las fortalezas de tas Noldor y quebrantaron el sitio en torno a Angband y mataban a los Noldor y a sus aliados, los Elfos Grises y los Hombres, en cualquier sitio que los encontraran. Muchos de los más vigorosos de los enemigos de Morgoth fueron destruidos en los primeros días de combate, sorprendidos y dispersos e imposibilitados de unir sus fuerzas. Desde entonces la guerra nunca cesó del todo en Beleriand; pero la Batalla de la Llama Súbita se dio por concluida con la llegada de la primavera, cuando disminuyó la feroz embestida de Morgoth.
De este modo terminó el Sitio de Angband; y los enemigos de Morgoth fueron dispersados y separados los unos de los otros. La mayor parte de los Elfos Grises huyó hacia el sur y abandonó la guerra del norte; muchos fueron recibidos en Doriath, y el reino y la fuerza de Thingol se hicieron más grandes en ese tiempo, pues el poder de la Reina Melian se había extendido más allá de las fronteras y el mal no podía penetrar aún en ese reino escondido. Otros se refugiaron en las fortalezas junto al mar, y en Nargpthrond; y algunos huyeron y se ocultaron en Ossiriand, o atravesaron las montañas, errando sin casa en la intemperie. Y el rumor de la guerra y del quebrantamiento del Sitio llegó a oídos de los Hombres en el este de la Tierra Media.
Los hijos de Finarfin fueron los que más sintieron la pujanza del ataque, y Angrod y Aegnor murieron allí y junto a ellos cayeron Brególas, señor de la casa de Bëor, y gran parte de los guerreros de ese pueblo. Pero Barahir, el hermano de Brególas, estaba en una batalla que se libraba más hacia el oeste, cerca del Paso del Sirion. Allí el Rey Finrod Felagund, que se apresuraba desde el sur, quedó aislado con unos pocos de los suyos y fue rodeado en el Marjal de Serech; y habría sido muerto o tomado prisionero, pero acudió Barahir con los más valientes de sus nombres y lo rescató levantando un muro de lanzas alrededor; y se abrieron paso entre las tropas enemigas, y abandonaron el campo de batalla aunque con grandes pérdidas. Así escapó Felagund, y volvió a su profunda fortaleza de Nargothrond; pero hizo un juramento de amistad eterna y de ayuda en toda necesidad a Barahir y a su gente, y como prenda del juramento le dio su anillo. Barahir era ahora por derecho señor de la casa de Bëor, y regresó a Dorthonion; pero la mayor parte del pueblo escapó y se refugió, abandonando sus hogares, en la fortaleza de Hithlum.
Tan grande fue la embestida de Morgoth, que Fingolfin y Fingon no pudieron acudir en ayuda de los hijos de Finarfin; y los ejércitos de Hithlum fueron rechazados con grandes pérdidas hasta las fortalezas de Ered Wethnn, y apenas consiguieron defenderlas de los ataques de los Orcos. Ante los muros de Eithel Sirion cayó Hador, el de Cabellos Dorados, en la defensa de la retaguardia del señor Fingolfin, a la edad de sesenta y seis años; y con él cayó Gundor, su hijo menor, atravesado por muchas flechas; y fueron llorados por los Elfos. Entonces Galdor el Alto sucedió como señor a su padre. Y por causa de la fortaleza y la altura de las Montañas Sombrías, que resistieron el torrente de fuego, y el valor de los Elfos y de los Hombres del Norte, que ni Orcos ni Balrogs pudieron vencer, Hithlum no fue conquistada y amenazó el flanco del ataque de Morgoth; pero un mar de enemigos separó a Fingolfin de su gente. Porque dura había sido la guerra para los hijos de Fëanor, y casi todas las fronteras orientales habían sido tomadas por asalto. El Paso de Aglon fue forzado, aunque los ejércitos de Morgoth pagaron por ello un alto precio; y Celegorm y Curufin huyeron derrotados hacia el sur y el oeste por las fronteras de Doriath, y cuando por fin llegaron a Nargothrond, buscaron refugio con Finrod Felagund. De este modo acrecentaron la fuerza de Nargothrond; pero habría sido mejor, como se vio después, que se hubieran quedado en el este junto con los de su propio linaje. Maedhros llevó a cabo hazañas de insuperable valor, y los Orcos huían delante de su cara; porque desde el tormento padecido en Thangorodrim, ardía por dentro como una llama blanca, y era como uno que regresa de entre los muertos. Así, la gran fortaleza sobre la Colina de Himring no pudo ser tomada, y muchos de los más valientes que quedaban aún, tanto del pueblo de Dorthonion como de las fronteras orientales, se juntaron allí para ir al encuentro de Maedhros; y durante un tiempo él cerró una vez más el Paso de Aglon, de modo que los Orcos no pudieron penetrar en Beleriand por ese camino. Pero abrumaron a los jinetes del pueblo de Fëanor en Lothlann, pues hacia allí marchó Glaurung, y pasó por la Hondonada de Maglor, y destruyó todas las tierras entre los brazos del Gelion. Y los Orcos tomaron la fortaleza de las laderas occidentales del Monte Rerir y devastaron toda Thargelion, la tierra de Caranthir; y contaminaron el Lago Helevorn. De allí cruzaron el Gelion con fuego y terror y penetraron profundamente en Beleriand Oriental. Maglor se unió a Maedhros en Himring; pero Caranthir huyó y sumó el resto de su gente al pueblo disperso de los cazadores, Amrod y Amras, y se retiraron y pasaron Ramdal en el sur. En Amon Ereb mantuvieron una guardia y algunas fuerzas de combate, y recibieron la ayuda de los Elfos Verdes; y los Orcos no entraron en Ossiriand, ni tampoco en Taur—im—Duinath y las tierras salvajes del sur. Llegó entonces a Hithlum la nueva de la caída de Dorthonion y la derrota de los hijos de Finarfin y el exilio de los hijos de Fëanor, expulsados de sus tierras. Entonces vio Fingolfin lo que era para él la ruina total de los Noldor, y la derrota de sus casas más allá de toda recuperación; y lleno de desesperación y de furia, montó a Rochallor, su gran caballo, y cabalgó solo sin que nadie pudiera impedírselo. Atravesó Dor—nu—Fauglith como un viento entre el polvo, y aquellos que alcanzaban a verlo pasar huían azorados, creyendo que había llegado el mismo Oromë; porque corría dominado por una cólera enloquecida, y los ojos le brillaban como los ojos de los Valar. Así pues, llegó solo a las puertas de Angband, e hizo sonar su cuerno, y golpeó una vez más las puertas de bronce, y desafió a Morgoth a un combate singular. Y Morgoth salió.
Esa fue la última vez durante esas guerras que Morgoth cruzó las puertas de su fortaleza, y se dice que no aceptó el desafío de buen grado; porque aunque su poder era mayor que todas las cosas de este mundo, sólo él entre los Valar conocía el miedo. Pero no podía negarse a aceptar el desafío delante de sus propios capitanes; pues la aguda música del cuerno de Fingolfin resonaba en las rocas, y su voz llegaba penetrante y clara hasta las profundidades de Angband; y Fingolfm llamó a Morgoth cobarde y señor de esclavos. Por lo tanto Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfm brillaba debajo como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo. Entonces Morgoth esgrimió el Martillo de los Mundos Subterráneos, llamado Grond, lo alzó bruscamente, y lo hizo caer como un rayo de tormenta. Pero Fingolfin saltó a un lado, y Grond abrió un gran boquete en la tierra, de donde salían humo y fuego. Muchas veces intentó Morgoth herirlo y otras tantas Fingolfm esquivó los golpes, como relámpagos lanzados desde una nube oscura; e hirió a Morgoth con siete heridas, y siete veces lanzó Morgoth un grito de angustia, mientras los ejércitos de Angband caían de bruces consternados, y el eco de los gritos resonaba en las Tierras Septentrionales.
Pero por fin el Rey se fatigó, y Morgoth lo abatió con el escudo. Tres veces cayó el Rey de rodillas y tres veces se volvió a levantar con el escudo roto y el yelmo mellado. Pero la tierra estaba desgarrada en boquetes todo alrededor, y el Rey tropezó y cayó de espaldas ante los pies de Morgoth; y le puso Morgoth el pie izquierdo sobre el cuello, y el peso era como el de una montaña derrumbada. No obstante, en un último y desesperado intento, Fingolfin golpeó con Ringil y rebanó el pie, y la sangre manó negra y humeante y llenó los boquetes abiertos por Grond. De este modo pereció Fingolfin, Rey Supremo de los Noldor, el mas orgulloso y valiente de los reyes Elfos de antaño. Los Orcos no se jactaron de ese duelo ante las puertas; ni tampoco lo cantan los Elfos, pues tienen una pena demasiado profunda. No obstante, la historia se recuerda todavía, porque Thorondor, Rey de las Águilas, llevó la nueva a Gondolin y a Hithlum, a lo lejos. Y Morgoth levantó el cuerpo del Rey Elfo y lo quebró, y se lo habría arrojado a los lobos; pero Thorondor se precipitó desde su nido en las cumbres de Crissaegrim, se lanzó sobre Morgoth y le desfiguró la cara. La embestida de las alas de Thorondor era como el ruido de los vientos de Manwë, y aferró el cuerpo con sus garras poderosas y elevándose de súbito por sobre los dardos de los Orcos, se llevó al Rey consigo. Y lo puso sobre ja cima de una montaña que daba desde el norte sobre el valle escondido de Gondolin; y Turgon construyó un alto túmulo de piedras sobre su padre. Ningún Orco se aventuró luego a pasar por el monte de Fingolfin ni se atrevió a acercarse a la tumba, hasta que el destino de Gondolin se hubo cumplido, y la traición apareció entre los suyos. Morgoth renqueó siempre de un pie desde ese día, y el dolor de las heridas no se le curó nunca y en la cara llevaba la cicatriz que Thorondor le había hecho. Grande fue el duelo en Hithlum cuando se supo la caída de Fingolfin, y Fingon, lleno de aflicción, se convirtió en señor de la casa de Fingolfin y el reino de los Noldor; pero a su joven hijo Ereinion (que se llamó luego Gil-galad) lo envió a los Puertos. Ahora el poder de Morgoth ensombrecía las Tierras Septentrionales; pero Barahir no huía de Dorthonion y se quedó allí disputando al enemigo cada palmo de tierra. Entonces Morgoth persiguió a muerte a las gentes de Barahir, hasta que sólo quedaron muy pocos; y todo el bosque de las laderas septentrionales de esa tierra fue convirtiéndose día a día en una región de tal lobreguez y oscuros encantamientos que ni siquiera los Orcos entraban en ella, si no era por una extrema necesidad, y se la llamó Deldúwath y Taur—nu—Fuin, el Bosque bajo la Sombra de la Noche. Los árboles que crecieron allí después del incendio eran negros y tétricos, de raíces embrolladas y que amenazaban como garras en la oscuridad; y los que caminaban entre ellos se extraviaban y enceguecían, y eran estrangulados o perseguidos hasta la locura por fantasmas de terror. Por fin la situación de Barahir se hizo tan desesperada, que su esposa Emeldir, la de Corazón Viril (que antes prefería luchar junto a su hijo y su marido que huir y abandonarlos), convocó a todas las mujeres y los niños que estaban todavía con vida y dio armas a los que pudieran cargarlas; y los condujo a las montañas que se levantaban detrás, y lo hizo por caminos peligrosos, hasta que al fin llegaron con pérdida y desdicha a Brethil. Algunos fueron recibidos allí por los Haladin, pero otros cruzaron las montañas y fueron a Dorlómin y se unieron al pueblo de Galdor, el hijo de Hador; y entre ellos estaban Rían, hija de Belegund, y Morwen, que era llamada Eledhwen, que significa Resplandor Élfico, hija de Baragund. Pero ninguna volvió a ver a los hombres que habían dejado. Porque todos ellos fueron muertos uno por uno, hasta que sólo doce hombres le quedaron a Barahir: Beren, su hijo, y Baragund y Belegund, sus sobrinos, hijos de Brególas, y nueve fieles servidores de su casa, cuyos nombres se recordaron largo tiempo en los cantos de los Noldor: Radhruin y Dairuin eran ellos, Dagnir y Ragnor, Gildor y Gorlim el Desdichado, Arthad y Urthel, y Hathaldir el Joven. Al fin se convirtieron en proscritos sin mañana, una banda desesperada que no podía huir, pero que se negaba a ceder, porque sus viviendas habían sido destruidas, y sus mujeres e hijos habían sido capturados o muertos, o habían escapado. Desde Hithlum no llegaban nuevas ni ayuda, y Barahir y sus hombres eran perseguidos como bestias salvajes; y se retiraron a las altas tierras yermas por sobre los bosques y erraron entre los pequeños lagos y los páramos rocosos de esa región, lo más lejos posible de los espías y los hechizos de Morgoth. Tenían como cama los brezales y como techo el cielo nuboso. Durante casi dos años después de la Dagor Bragollach siguieron los Noldor defendiendo el paso occidental en torno a las Fuentes del Sirion, porque el poder de Ulmo estaba en esas aguas, y Minas Tirith resistió a los Orcos. Pero por fin, después de la caída de Fingolfin, Sauron, el más grande y terrible de los servidores de Morgoth, que en lengua Sindarin se llama Gorthaur, fue al encuentro de Orodireth, el guardián de la torre en Tol Sirion. Sauron se había convertido por ese entonces en un hechicero de espantoso poder, amo de sombras y de fantasmas, de inmunda sabiduría, de fuerza cruel, que retorcía todo cuanto tocaba, y deformaba todo cuanto regía, señor de licántropos; su dominio era el tormento. Tornó Minas Tirith por asalto, pues una oscura nube de miedo cayó sobre los defensores; y Orodreth fue expulsado y huyó a Nargothrond. Entonces Sauron la convirtió en una atalaya para Morgoth, en una fortaleza del mal y en una amenaza; y la hermosa isla de Tol Sirion quedó maldecida y se llamó Tol—in—Gaurhoth, la Isla de los Licántropos. No había criatura viviente que pudiera pasar por el valle sin que Sauron la viera desde la torre. Y Morgoth dominaba ahora el paso del oeste, y había terror en los campos y los bosques de Beleriand. Implacable, perseguía a sus enemigos más allá de Hithlum, y registraba sus escondrijos y tomaba sus fortalezas una por una. Los Orcos, cada vez más audaces, recorrían a su antojo las vastas lejanías, llegando hasta el Sirion por el oeste, y hasta el Celon por el este, y rodeaban Doriath; y asolaban las tierras de modo que bestias y aves huían delante de ellos, y el silencio y la desolación se extendían desde el Norte. A muchos de los Noldor y los Sindar tomaron cautivos y llevaron a Angband, y los esclavizaron, obligándolos a poner su capacidad y sus conocimientos al servicio de Morgoth. Y Morgoth envió espías vestidos con falsedad, y había engaño en lo que decían; mintieron prometiendo recompensas, y con palabras astutas intentaron provocar miedo y celos entre los pueblos, acusando a los reyes y capitanes de codicia y traición mutua. Y por causa de la maldición de la Matanza de los Hermanos de Alqualondë, estas mentiras a menudo se creyeron; y por cierto, a medida que el tiempo se oscurecía, llegaron a tener un cierto viso de verdad, pues en Beleriand la desesperación y el miedo nublaban los corazones y las mentes de los Elfos. Pero los Noldor temían sobre todo la traición de aquellos parientes que habían servido en Angband; porque Morgoth había utilizado algunos para sus malvados propósitos, y fingiendo darles libertad, los dejaba partir, pero les había encadenado la voluntad, y sólo se alejaban para volver de nuevo a él. Por lo tanto, cuando alguno de estos cautivos conseguía escapar realmente, y volvía con su propio pueblo, no eran bien recibidos, y erraban solos, proscritos y desesperados. De los Hombres, Morgoth fingía tener piedad, si alguien oía sus mensajes, y les decía que las aflicciones que habían caído sobre ellos provenían sólo de que estaban sometidos a los rebeldes Noldor, pero que de manos del verdadero Señor de la Tierra Media recibirían en cambio honores, y el valor tendría una justa recompensa. Pero pocos eran los Hombres de las Tres Casas de los Edain que le prestaban oído, ni siquiera cuando se los atormentaba en Angband. Por tanto, Morgoth los persiguió con odio; y envió a sus mensajeros por encima de las montañas. Se dice que en este tiempo llegaron por primera vez a Belenand los Hombres Cetrinos. Algunos estaban ya sojuzgados por Morgoth en secreto, y acudieron a su llamada; pero no todos, pues los rumores acerca de Beleriand, de sus tierras y sus aguas, de sus guerras y sus riquezas, habían llegado lejos, y los pies errantes de los Hombres se dirigían siempre hacia el oeste en aquellos días. Estos hombres eran de escasa talla y corpulentos, de brazos largos y fuertes, de piel cetrina o amarillenta, y de cabellos oscuros al igual que los ojos. Eran de muchas casas, y algunos preferían los Enanos de las montañas a los Elfos. Pero Maedhros, conociendo la debilidad de los Noldor y de los Edain, mientras que los abismos de Angband parecían inagotables, colmados siempre de pertrechos renovados, celebró una alianza con estos Hombres recién venidos, y dio su amistad a los más grandes de los caciques, Bór y Ulfang. Y Morgoth se sintió complacido, pues esto era lo que había planeado. Los hijos de Bór Borlad, Borlach y Borthand—siguieron a Maedhros y a Maglor, y frustraron las esperanzas de Morgoth, y permanecieron fieles. Los hijos de Ulfang el Negro —Ulfast y Ulwarth y Uldor el Maldecido— siguieron a Caranthir y juraron mantener una alianza con él, pero no fueron leales. No había mucha amistad entre los Edain y los Orientales y se reunían rara vez; porque los recién llegados moraron por largo tiempo en Beleriand Oriental, y el pueblo de Hador estaba encerrado en Hithlum, y poco quedaba de la casa de Bëor. El Pueblo de Haleth apenas fue afectado en un principio por la guerra, ya que vivía al sur en el Bosque de Brethil, aunque ahora libraba una batalla con los Orcos invasores, pues eran hombres de corazón valeroso y no estaban dispuestos a abandonar a la ligera los bosques que tanto amaban. Y entre las historias de las derrotas de entonces, los hechos de los Haladin se recuerdan con honor: porque luego de tomar Minas Tirith, los Orcos avanzaron por el paso occidental, y quizás habrían desolado aun las Desembocaduras del Sirion; pero Halmir, señor de los Haladin, envió sin demora un mensaje a Thingol, pues tenía amistad con los Elfos que guardaban las fronteras de Doriath. Entonces Beleg Arcofirme, jefe de los centinelas de Thingol, condujo a Brethil una gran fuerza de Sindar, armada con hachas; y saliendo de las profundidades del bosque, Halmir y Beleg sorprendieron a la legión de los Orcos y la destruyeron. En adelante la ola oscura que venía del norte fue contenida en esa región, y los Orcos ya no se atrevieron a cruzar el Teiglin durante muchos años. El Pueblo de Haleth vivió en una paz cautelosa en el Bosque de Brethil, y detrás de la guardia que ellos montaban, el Reino de Nargothrond tuvo sosiego, y le fue posible recuperar fuerzas. En este tiempo Húrin y Huor, los hijos de Galdor de Dorlómin, vivían con los Haladin, pues eran del mismo linaje. En los días anteriores a la Dagor Bragollach, estas dos casas de los Edain celebraron juntas una gran fiesta, cuando Galdor y Glóredhel, hijos de Hador Cabeza de Oro, se casaron con Hareth y Haldir, hijos de Halmir, señor de los Haladin. Así fue que Haldir, tío de ellos, agasajó en Brethil a los hijos de Galdor, de acuerdo con las costumbres de los Hombres en aquel tiempo; y ambos fueron a la guerra contra los Orcos, aun Huor, pues no fue posible impedírselo aunque sólo tenía trece años. Pero eran parte de una compañía que fue separada del resto, y fueron perseguidos hasta el Vado de Brithiach, y allí habrían caído prisioneros o habrían muerto si no hubiera intervenido el poder de Ulmo, que era aún fuerte en el Sirion. Una niebla se levantó del río y los ocultó de sus enemigos, y escaparon de Brithiach a Dimbar, y erraron entre las colinas y los muros escarpados de las Crissaegrim, hasta que los confundieron los engaños de la tierra y ya no distinguieron el camino que iba del que venía. Allí los vio Thorondor y envió a dos de las águilas en su ayuda; y las águilas los cargaron y los llevaron más allá de las Montañas Circundantes al valle secreto de Tumladen y la ciudad escondida de Gondolin, que ningún Hombre había visto todavía. Allí Turgon el Rey les dio la bienvenida, cuando supo de qué linaje eran; porque mensajes y sueños le habían llegado por el Sirion desde el mar, enviados por Ulmo, Señor de las Aguas, advirtiéndole sobre penas futuras, y aconsejándole tratar con bondad a los hijos de la casa de Hador, quienes lo ayudarían en momentos de necesidad. Húrin y Huor vivieron como huéspedes en casa del rey casi por un año; y se dice que en este tiempo Húrin aprendió mucho de la ciencia de los Elfos, y algo entendió también de los juicios y los propósitos del rey. Porque Turgon llegó a tener afecto a los hijos de Galdor y conversaban mucho juntos; y en verdad deseaba retenerlos en Gondolin por amor a ellos, y no sólo por la ley que exigía que ningún forastero, fuera éste Elfo u Hombre, que encontrara el camino al reino secreto y viera la ciudad, nunca pudiera volver a irse, en tanto el rey no abriera el cerco, y el pueblo oculto saliera. Pero Húrin y Huor deseaban regresar, compartir con su pueblo guerras y dolores. Y Húrin le dijo a Turgon: —Señor, sólo somos Hombres mortales, muy distintos de los Eldar. Ellos pueden aguardar muchos años la guerra contra el Enemigo, en algún día distante; pero para nosotros la vida es corta, y nuestra esperanza y nuestra fuerza pronto se marchitan. Además, nosotros no encontramos el camino S Gondolin, y no sabemos de cierto dónde está esta ciudad; pues fuimos traídos con miedo y asombro a través de los altos caminos del aire, y por misericordia nos velaron los ojos—. Entonces Turgon accedió y dijo: —Por el camino que vinisteis, tenéis permiso para partir, si Thorondor está dispuesto. Me apena esta separación; sin embargo, en un corto tiempo, de acuerdo con las cuentas de los Eldar, puede que volvamos a encontrarnos. Pero Maeglin, el hijo de la hermana del rey, que era poderoso en Gondolin, no lamentó para nada que partiesen, aunque les reprochaba el favor del rey, y no sentía amor alguno por el linaje de los Hombres; y le dijo a Húrin: —La gracia del rey es mayor de lo que sospechas, y la ley se ha vuelto menos severa que antaño; de lo contrario no tendrías otra opción que vivir aquí hasta el final de tus días. Entonces Húrin le respondió: —Grande es en verdad la gracia del rey; pero si nuestra palabra no basta, te haremos a ti un juramento—. Y los hermanos juraron no revelar nunca los designios de Turgon y mantener en secreto todo lo que habían visto en el reino. Entonces se despidieron, y las águilas se los llevaron por la noche, y los depositaron en Dorlómin antes del amanecer. Las gentes se regocijaron al verlos, pues los mensajes llegados de Brethil los daban por perdidos; pero ellos no quisieron revelar ni siquiera al padre dónde habían estado, salvo que habían sido rescatados en el páramo por las águilas, que los habían transportado de vuelta. Pero Galdor preguntó: —¿Habéis vivido un año entonces a la intemperie? ¿Acaso las águilas os albergaron en sus nidos? Pero encontrasteis alimento y vestidos hermosos, y volvéis como jóvenes príncipes, no como abandonados en el bosque—. Y Húrin contestó: —Conténtate con que hayamos regresado; pues sólo por un voto de silencio se nos permitió hacerlo—. Entonces Galdor no les hizo más preguntas, pero él y muchos otros adivinaron la verdad; y con el tiempo la extraña fortuna de Húrin y Huor llegó a oídos de los servidores de Morgoth. Ahora bien, cuando Turgon supo del quebrantamiento del Sitio de Angband, no permitió que nadie partiera a la guerra; porque pensaba que Gondolin era fuerte, y el tiempo no estaba aún maduro para que él se mostrara abiertamente. Pero creía también que el fin del Sitio era también el principio de la caída de los Noldor, a no ser que llegara ayuda; y envió compañías de los Gondolindrim en secreto a las Desembocaduras del Sirion y a la Isla de Balar. Allí construyeron embarcaciones y navegaron al extremo Occidente en cumplimiento del cometido de Turgon, en busca de Valinor, para pedir el perdón y la ayuda de los Valar; y rogaron a las aves del mar que los guiasen. Pero los mares eran bravos y vastos, y la sombra y el hechizo flotaban sobre ellos; y Valinor estaba oculta. Por tanto, ninguno de los mensajeros de Turgon llegó al Occidente, y muchos se perdieron y pocos regresaron; pero la condenación de Gondolin se aproximaba. Le llegó a Morgoth el rumor de estos hechos, y se sintió inquieto en medio de sus victorias; y deseó sobremanera tener nuevas de Felagund y de Turgon. Porque nada se sabía de ellos, y sin embargo no habían muerto; y él temía aún lo que pudieran hacer. De Nargothrond conocía por cierto el nombre, pero no su situación ni su fortaleza; y de Gondolin nada sabía, y sobre todo lo perturbaba pensar en Turgon. Por tanto envió todavía más espías a Beleriand; pero a las principales huestes de los Orcos las llamó a Angband, pues advertía que no podía emprender aún una batalla final en tanto no reuniera nuevas fuerzas, y que no había medido con exactitud el valor de los Noldor ni el poder de los brazos de los Hombres que luchaban junto a ellos. Aunque grande había sido la victoria en la Bragollach en años anteriores, y lamentable el daño que había hecho a sus enemigos, no menores habían sido sus pérdidas; y aunque tenía en su poder a Dorüionion y el Paso del Sirion, los Eldar, que se recuperaban de su primer desconcierto, empezaban a recobrar lo que habían Perdido. Así, pues, hubo en el sur de Beleriand una apariencia de paz por unos pocos breves años; pero abundante era la faena en las herrerías de Angband. Cuando hubieron pasado siete años después de la Cuarta Batalla, Morgoth volvió al ataque, y envió una gran fuerza contra Hithlum. Duro fue el ataque contra los pasos de las Montañas Sombrías, y en el sitio de Eithel Sirion, Galdor el Alto, Señor de Dorlómin, fue muerto por una flecha. Ocupaba esa fortaleza en nombre de Fingon, el Rey Supremo; y en el mismo sitio y poco tiempo antes había muerto su padre, Hador Lórindol. Húrin, su hijo, apenas alcanzaba la virilidad en ese entonces, pero era muy fuerte, tanto de mente como de cuerpo; y arrojó a los Orcos de Ered Wethrin en medio de una gran matanza, y los persiguió por las arenas de Anfauglith. Pero al Rey Fingon no le fue fácil detener al ejército de Angband que descendía desde el norte; y la batalla se libró en las llanuras mismas de Hithlum. Allí Fingon fue superado en número; pero los barcos de Círdan navegaban con denuedo por el Estuario de Drengist, y en el momento de necesidad los Elfos de las Falas cayeron sobre las huestes de Morgoth desde el oeste. Entonces los Orcos cedieron y huyeron, y los Eldar obtuvieron la victoria, y sus arqueros montados los persiguieron aun hasta las Montañas de Hierro. En adelante, Húrin hijo de Galdor gobernó la casa de Hador en Dorlómin, y sirvió a Fingon. Húrin, de menor talla que sus padres, o que su hijo mayor, era sin embargo infatigable y resistente de cuerpo, ágil y rápido como los del linaje de su madre, Hareth de los Haladin. Tenía como esposa a Morwen Eledhwen hija de Baragund, de la casa de Bëor, la que huyó de Dorthonion con Rían hija de Belegund, y Emeldir, la madre de Beren. En ese tiempo también los proscritos de Dorthonion fueron destruidos, como se cuenta más tarde; y Beren hijo de Barahir, el único que logró escapar, llegó con mucha dificultad a Doriath.
El Caballero del Leon - Chretien de Troyes - XVICaminaron largo rato, hasta llegar a una fortaleza, que pertenecía a un barón, y estaba rodeada en todo su recinto de espesas y altas murallas. Con tantas fortificaciones, este castillo no tenía nada que temer del asalto de trabucos o balistas. Pero, tras estas murallas, aquella plaza estaba totalmente desierta y arrasada: no quedaba ninguna casa, ni una choza siquiera —ya tendréis ocasión de oír la razón de cosa tan extraña, más adelante, cuando venga a cuento. Se dirige mi señor Yvain hacia la fortaleza por el camino más recto. Salen hasta siete mozos a su encuentro, para bajarle el puente, pero a la vista del león que le acompaña, sienten verdadero espanto y le ruegan que tenga la bondad de dejar en la puerta a su león, para que no les ataque y mate. Él les contesta:
—No insistáis porque sin él no entraré: o los dos nos podemos hospedar aquí, o me quedaré fuera, porque le quiero tanto como a mi propia persona. Pero no tenéis nada que temer, porque lo vigilaré muy bien, y estaréis completamente a salvo. Le responden que haga como quiera. Se adentran en el castillo, y siguen hasta encontrar caballeros, damas, hombres de armas, y unas doncellas muy agraciadas, que le ayudan a descabalgar y se ocupan de desarmarle, tras saludarle con estas palabras: —Bienvenido seáis entre nosotros, noble señor, y Dios os conceda una larga estancia, en la que podáis aunar honra y ventura.
Desde el mayor hasta el más pequeño, todos se afanan en festejarle y le llevan hasta el palacio, con gran júbilo. Pero después de agasajarle largo rato, el dolor que aflige a todos les hace olvidar la alegría, y reanudan entonces sus gritos y llantos, infligiéndose rasguños en arrebatos de desesperación. Así alternan sin cesar las muestras de alegría con las de duelo; fingen estar alegres, para honrar a su huésped, pero no tienen humor para ello, porque se encuentran presa de una terrible angustia, por una aventura que esperan para el día siguiente, y ello ha de ocurrir, todos están seguros, antes de que den las doce. Mi señor Yvain, asombrado ante tan súbitas mudanzas, al ver sus muestras de júbilo tan pronto trocadas en manifestaciones de duelo, inquirió la razón preguntándole al señor del castillo:
—Por Dios, noble, amable y querido señor, decidme, si os place, por qué me habéis acogido con tantas honras y gozo, para echaros a llorar luego.
—Sí, ya que es vuestro deseo, pero sería preferible que os dierais por satisfecho si lo callara y ocultara, porque me costará deciros algo que os aflija. Dejadnos mejor llevar solos nuestro duelo, sin que ello afecte a vuestro corazón.
—Eso es del todo imposible: ¿cómo iba yo a contemplar vuestro duelo, sin sentir nada en mi corazón? Deseo con toda mi alma saber cuál es su causa, por mucho que me pese.
—Entonces —contesta—, os lo diré: me ha causado mucho daño un gigante, que pretende que yo le entregue a mi hija, cuya belleza sobrepasa la de todas las doncellas del mundo. Este gigante pérfido, a quien Dios confunda, se llama Harpín de la Montaña. No pasa día sin que se apodere de cuanto pueda coger en mis posesiones. Nadie tiene más razones que yo para quejarse, sentirse afligido y dar muestras de duelo. Debería haberme vuelto loco de dolor, yo, que tenía seis hijos
—no he conocido a más hermosos caballeros en el mundo— ¡y a los seis meses se los ha llevado el gigante! Mató a dos de ellos, ante mis propios ojos, y mañana matará a los otros cuatro, si no encuentro a quien libre batalla contra él, para salvarlos, o si no le entrego a mi hija; y cuando la tenga, la cederá para su entretenimiento a los mozos de su casa, a los criados de más baja extracción, los más soeces, para que luego nadie pueda dignarse tomarla por esposa. Para mañana puedo esperar esta desgracia, si Dios no acude en mi ayuda, y encontrándonos ante tal infortunio, no deben sorprenderos nuestros llantos, noble y preciado amigo; para honraros, sin embargo, nos esforzaremos a su vez en aparentar alegría, dentro de lo que podemos, porque insensato es quien atrae a su vera a un caballero valiente y cortés, y no le tributa los honores, y vos me parecéis caballero de grandes cualidades.
»En suma, acabo de exponeros, señor, las razones de nuestra angustia. Ni castillos ni fortalezas nos ha dejado el gigante; sólo lo que aquí queda. Si habéis prestado atención anoche, ya habréis visto cómo, fuera de estas murallas, nada ha dejado a salvo, ni por el valor de una tabla, pues sometió todas las casas a pillaje, y después de llevarse el botín, prendió fuego a las demás, tal es la felonía con que se burla de mí.
Mi señor Yvain escuchó entero el relato de su huésped, y luego tomó la palabra para darle su parecer;
—Señor, me duele y causa honda aflicción vuestro infortunio, pero hay algo que no deja de sorprenderme: ¿cómo no fuisteis a buscar ayuda a la corte del gran rey Arturo? Ningún hombre tiene tanta virtud, como para no hallar en su corte a quienes quieran poner a prueba su valor con el suyo. Le confiesa entonces el noble señor que, de haber podido encontrar a mi señor Gauvain, habría contado con una ayuda segura.
—No hubiese apelado a su ayuda en vano, porque mi mujer es hermana suya. Pero un caballero extranjero, venido de otra tierra, llegó a la corte en busca de la reina, a la que tiene ahora en su poder. Jamás se la habría llevado, de no haber engañado al rey ese bribón de Kay, para que dejara a la reina bajo su protección. El rey demostró una temeridad insensata, y la reina, atolondrada, se fió a la ligera de su escolta, pero a mí me ha perjudicado en exceso y causado un gravísimo daño, porque con toda certeza, si se hubiera enterado de esta aventura mi señor Gauvain, el valeroso, habría acudido aprisa en ayuda de sus sobrinos. Pero él ignora la desgracia que tanto me abruma, que a poco se me parte el corazón, porque anda persiguiendo a aquel caballero, sobre quien caiga la justicia divina, por haberse llevado a la reina.
Al escuchar estas palabras mi señor Yvain no deja de suspirar, por la lástima que le inspiran, y le responde:
—Noble y apreciado señor, de buen grado me comprometería en esta aventura peligrosa, si el gigante y vuestros hijos llegasen mañana a una hora bastante temprana, para no demorarme demasiado, porque mañana mismo tendré que marchar de aquí al mediodía, para atender una promesa que hice.
—Noble señor, os doy las gracias una y mil veces, por este ofrecimiento que me hacéis. Entonces salió de un aposento la doncella, hermosa de cuerpo y de rostro muy bello y deleitoso. Caminaba cabizbaja, recatada y calladamente, mirando hacia el suelo, como si no viese nunca el fin de su desgracia; a su lado, iba su madre, pues el señor del castillo les había mandado buscar, para presentárselas a su huésped. Llegaron embozadas en sus mantos, para ocultar sus lágrimas, pero él les manda destaparse la cara y levantar la mirada, diciéndoles:
—No debe enojaros lo que os mando, puesto que Dios y la buena ventura nos han traído aquí a un caballero de tanta generosidad y largueza, que me promete luchar contra el gigante. Así que no demoréis el arrodillaros a sus pies, para agradecérselo.
—Dios no quiera que contemple tal espectáculo —prorrumpe mi señor Yvain—. Me resultaría penoso en extremo el ver caer a mis pies a la hermana de mi señor Gauvain y a su sobrina. Dios no permita que mi orgullo alcance a tolerar que caigan de hinojos ante mí. Verdaderamente, sentiría una vergüenza insoportable, y jamás podría olvidarme de este trance.
»En cambio les estaría muy agradecido, si se sosegaran hasta mañana, viendo cómo Dios les querrá amparar. A mí sólo me resta rezar, para que el gigante venga bastante pronto, antes de obligarme a violar un compromiso, pues no me permitiría, por nada del mundo, dejar de atender, mañana al mediodía, el asunto más importante con que jamás me haya enfrentado.
Aunque él no quiera darles una seguridad absoluta —porque teme que el gigante no acuda a una hora bastante temprana, para que pueda llegar a tiempo y salvar a la doncella apresada- en la ermita—, sin embargo bastan sus promesas para infundirles una gran esperanza. Todos, hombres y mujeres, le dan las gracias por ello, y sienten hacia él una gran confianza, pensando que muy noble y cortés caballero será, cuando tiene por compañero a este león, tan mansa y gentilmente echado a su lado, como hiciera un corderito. Por la esperanza que tienen en él, se sienten confiados y se alegran, sin dar ya ninguna muestra de aflicción. Cuando llegó la hora de dormir, le llevaron a un aposento claro; la doncella y su madre le acompañaron también, pues ya le tenían mucho cariño, y más le hubiesen tenido todavía de haber sabido de toda su cortesía y grandes proezas. Se acostaron ambos, el león y él, y descansaron los dos: más gente no se habría atrevido a compartir su descanso en el mismo cuarto, y no sólo esto, sino que tomaron la precaución de encerrarles bajo llave, para que no pudieran salir hasta el día siguiente, cuando clareara con el despuntar del alba.
Cuando quedó abierto el aposento, se levantó y oyó misa mi señor Yvain, y se quedó esperando hasta la hora de prima, como lo había prometido. Llegado este momento, llama delante de todos al señor del castillo en persona y le dice:
—Señor, se me acaba el plazo y me iré, pero no os enojéis, porque no me es lícito demorarme. Tened por seguro que de buen grado y gustosamente, de no haber tenido que atender un asunto muy grave lejos de aquí, me habría quedado más tiempo, para ayudar a los sobrinos de mi señor Gauvain, al que tengo gran cariño. In memoriam...Hi ha homes que lluiten un dia i són bons.
Hi ha altres que lluiten un any i són millors.
Hi ha qui lluiten molts anys i són molt bons.
Però hi ha els que lluiten tota la vida: aquests són els imprescindibles.
Bertolt Brecht
In memoriam del amic que no veurem més, del company que ens impel·lia a lluitar i del mestre que la mort ens ha llevat. Fins sempre Pep
Hay hombres que luchan un dia y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Bertolt Brecht
Viva la Libertad de expresiónParece mentira que en pleno 2007 se secuestren publicaciones satíricas . Todo mi apoyo a la revista "El Jueves" que ha sufrido el mayor de los atentados contra la libertad de expresión como es el secuestro de la publicacion.
Más informaciín en la güeb de "El Jueves"
EclesiastesTodo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el sembrar, y su tiempo el arrancar lo sembrado
Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar.
Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar.
Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse.
Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar, y su tiempo el tirar.
Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar.
Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz.
El Caballero del Leon - Chretien de Troyes - XVEl león decidió capturarlo, y lo consiguió al primer envite, bebiéndole la sangre caliente. Después de matarlo, se lo echó al lomo y lo entregó a su señor, quien a partir de aquel momento lo tuvo en gran estima, por tanto afecto y generosidad como veía en él. Como ya iba anocheciendo, le pareció conveniente acampar allí y despellejar el cervatillo, para poder comer cuanto le apeteciera. Empieza entonces a desollarlo, le va cortando y separando la piel, encima de la costilla, para quitar y trinchar un filete del lomo. Sacando chispas de un guijarro pardusco, prende fuego a un leño seco, luego ensarta su filete, para asarlo al fuego vivo, y le va dando vueltas hasta que está bien tostado; pero no resultó muy de su agrado la comida, pues no tenía nada para acompañar este manjar, ni pan, ni vino, sal tampoco, ni cuchillo ni mantel: carne a secas. Mientras estuvo comiendo, el león se quedó echado delante de él, sin moverse ni un ápice, pero sin dejar de mirarle, mientras iba comiendo tan grueso asado, hasta quedar totalmente satisfecho. Sólo entonces, empezó el león a devorar las sobras del cervatillo, comiéndose hasta los huesos. Toda la noche descansó el caballero con la cabeza encima del escudo, pero el león tenía tanta prudencia, que se quedó en vela, y vigilaba también al caballo, que iba paciendo una hierba escasa, con la que poco habría de engordar.
Al día siguiente marcharon juntos, y me parece que repitieron lo de la noche anterior. Llevaban viviendo de esta guisa casi quince días, cuando la aventura les llevó hasta la fuente, debajo del pino. Al acercarse a la fuente, junto al escalón y a la ermita, ¡ay!, poco faltó para que mi señor Yvain volviera a enloquecer. Mil veces se acusa, llamándose miserable e infortunado, y de tanta desesperación cae desmayado. En la caída, su espada deslizándose en la vaina se escapó del forro, y cayó apuntándole al cuello, cerca de la mejilla, a través de las mallas de la loriga, y como no hay malla que no se desclave, la hoja de la espada le cortó la piel del cuello, haciendo brotar la sangre encima del blanco gorjal. El león, que cree ver muerto a su compañero y señor, jamás había sentido pena mayor. Empieza a dar señales de duelo, manifestando su desamparo, con tales arrebatos, que yo nunca oí contar nada parecido: se retuerce, entre alaridos, rasguños y arañazos, resuelto del todo a quitarse la vida, con la espada que según cree ha matado a su noble señor. Con los dientes, la saca de la herida, y adosándola contra un árbol caído, la mantiene apoyada con otro tronco por detrás, pues teme que se resbale cuando se golpee el pecho contra su hoja. El león ya iba a cumplir su fatal deseo cuando el caballero, recobrado el sentido, le retuvo, agarrándole con todas sus fuerzas, para arrancarle de una muerte a la que a ciegas se arrojaba con la demencia de un jabalí furioso. Cuando volvió en sí, tras su desmayo encima del escalón, mi señor Yvain se hizo reproches por haber dejado transcurrir más de un año, lo que había sido la causa del odio que le tenía ahora su dama, y de este modo se lamentaba: —¿Qué puede hacer, sino matarse, el desventurado a quien la alegría ha abandonado? ¿Qué voy a hacer yo, desdichado, sino matarme? ¿Acaso puedo demorar mi muerte, cuando veo el desamor que mi dama me tiene? ¿En mi cuerpo, por qué se queda mi alma? ¿Qué hace ésta en tan doliente morada? De haberla abandonado, no padecería tal martirio. »Odiarme, culparme, anonadarme con desprecio, es para mí un deber, al que no falto. Quien pierde alegría y solaz por su culpa, comete un delito y debe odiarse a muerte. Ha de matarse por odio hacia sí mismo, y yo, que ahora gozo de la soledad propicia, ¿por qué estoy perdonándome la vida? ¿Acaso no he visto a este león llevar tanto duelo por mi persona, que golpeándose con la espada, quiso atravesarse con ella el pecho? »Yo, que el gozo en duelo he trocado, ¿acaso debo temer a la muerte? De mí, como de un extraño, ha huido toda alegría. ¿Alegría? ¿Qué clase de alegría? No, no diré ni una palabra más: ¡Qué pregunta más vana hice, a la que nadie sabría responder! Sólo sé que, cuando tenía asegurada de todas las dichas la más dichosa, no la apuré ni hice que durara. Quien deja que se malogre por desatino su propia ventura, no merece aventura lograda. Mientras así se quejaba el caballero, una cautiva, encerrada en la ermita, estuvo viéndole y oyendo sus lamentaciones, a través de una brecha de la pared. En cuanto, tras este acceso de desesperación, se incorporó el caballero, ella le llamó: —¡Dios! —grita—. ¿Qué veo allí? ¿Quién es el que tanto se queja? —¿Y quién sois vos? —responde él. —Yo soy —dice—, una cautiva, el ser más doliente que exista en esta tierra. El caballero le reprende:
—¡Calla, insensata! ¡Tu dolor es alegría! Lo tuyo es un bien, comparado con los males que padezco. Quien ha tenido por escuela el gozo y el deleite, se queda más desconcertado y abrumado que otro hombre cuando le surge el agobio. El débil lleva su carga por uso y costumbre, mientras otro más fuerte, por nada del mundo podría cargar con tan pesado lastre. —A fe mía —replica ella—, ya sé que cuanto decís es verdad, sin embargo no me convence de que estéis más aquejado que yo, y no lo puedo creer por la siguiente razón: vos sois libre de ir a cualquier lugar que se os antoje, mientras yo aquí permanezco apresada. En tal trance me encuentro además, que mañana vendrán aquí, para llevarme a cumplir una sentencia de muerte. —¡Ay! ¡Dios! —exclama—, ¿por qué delito? —Señor caballero, ¡que Dios no se apiade jamás de mi alma, si en algo dejé de servirle! Ahora mismo os diré la verdad, sin recurrir a ninguna mentira. Aquí estoy encarcelada porque me requieren por traición, y no encuentro a quien me defienda de tal acusación e impida que mañana me quemen en la hoguera o me lleven a la horca. —Pero yo de verdad —insiste—, puedo volver a afirmar que el duelo y enojo mío sobrepasan vuestro dolor, porque vos gozáis de la posibilidad de quedar libre de este peligro, que desaparecería, si viniese cualquiera en vuestra ayuda. —¡Sí! Pero no sé todavía quién podría librarme: sólo hay dos caballeros en el mundo que osarían emprender batalla en mi defensa, luchando en duelo contra tres combatientes. —¡Tres! ¡Por Dios! ¿Cómo puede ser esto? —Sí, señor, a fe mía, tres son los que me acusan de traición.
—¿Y quiénes son los que en tal estima os tienen, que tendrían tanto valor, como para atreverse a luchar, uno solo contra tres, para defenderos y salvaros? —Os lo diré sin mentir: uno es mi señor Gauvain y el otro es mi señor Yvain, por cuya culpa mañana seré entregada inocentemente al mortal suplicio. —¿Por culpa de quién —pregunta— habéis dicho? —Señor, que Dios me ayude, por culpa del hijo del rey Urién. —Ya, demasiado os he entendido. Pero jamás permitirá que muráis por esta causa, pues antes moriría él. Yo mismo soy ese Yvain, por cuya culpa estáis sumida en esta desgracia, y sois vos, estoy seguro, la doncella que me protegió en la sala: vos me salvasteis la vida cuando, apresado entre ambas puertas corredizas, me encontraba presa de la angustia, dolido y desconcertado; y sin la valiosa ayuda que me brindasteis, allí me habrían capturado y dado muerte. Pero decidme ahora, dulce amiga mía. quiénes son los que os acusan de traición y os han apresado y encarcelado en este lugar. —Señor, ya que os complace saberlo, no os lo ocultaré. La verdad es que no dudé en ayudaros con toda buena fe, y fui yo quien persuadí a mi señora de que os tomara por esposo; ella creyó en mi consejo y siguió mis recomendaciones, pero yo, lo juro por Nuestro Señor, pensaba actuar, y todavía lo pienso, más en beneficio de ella que de vos: ahora puedo confesároslo, tanto he buscado, Dios me salve, lograr el bien de ella como satisfacer vuestro deseo. Pero cuando sucedió que habíais sobrepasado el plazo de un año, al cabo del cual debíais volver al lado de mi señora, pronto se enfadó conmigo, pensando que al haberse fiado de mi consejo, había sido víctima de una traición. Cuando se enteró el senescal —un traidor, de una deslealtad criminal—, éste, que me tenía gran envidia, porque mi señora en más de un asunto confió más en mis consejos que en los suyos, se dio cuenta de que podría sembrar la discordia entre ella y yo. Así que en plena corte, delante de todos, me acusó de haber traicionado a mi señora en beneficio vuestro, y yo me quedé sin el apoyo ni la ayuda de nadie, pues no hubo quien respaldara mi testimonio, cuando declaré que nunca había cometido ni urdido traición contra mi señora. »Señor, por Dios, creedme, yo todo asustada, de pronto, sin tomar consejo, prometí buscar la defensa de un caballero, que lucharía contra tres adversarios. Jamás habría sido tan cortés el senescal, como para dignarse rehusar mí propuesta, relevarme de mi juramento o cambiar de parecer. Nada de esto se le hubiera ocurrido, sino al contrario, me tomó la palabra y tuve que comprometerme, entregando una prenda, a encontrar a un caballero, que peleara contra tres, en un plazo de cuarenta días. Luego me marché a varias cortes: visité al rey Arturo, pero allí no encontré amparo ni protección, ni a nadie que me dijera algo que me conviniese saber sobre vos, pues no tenían noticias. —¡Pero, cómo! ¿Y mi señor Gauvain, el noble y amable caballero, dónde estaba entonces. Su ayuda nunca le ha faltado a ninguna doncella desamparada.
—Ya hubiese sido una gran alegría para mí encontrarle en la corte: estoy segura de que no hay requerimiento mío al que se hubiese negado. Pero, según me dijeron, a la reina se la ha llevado un caballero, pues el rey cometió la loca imprudencia de dejarla irse tras él, e incluso creo que Kay, el senescal, acompañó a la reina, hasta que se reuniese con su raptor. Mi señor Gauvain ha emprendido la penosa tarea de ponerse en busca de la reina, y jamás se concederá descanso, ni por un día, hasta volver a encontrarla. Ya os he contado toda la verdad sobre mi aventura. Mañana moriré de muerte infame, y me quemarán sin apelación, por una acusación injusta, y por el odio que os tienen. —¡Nunca quiera Dios —exclama el caballero—, que por culpa mía os hagan ningún daño! ¡Mientras esté en mi poder, jamás moriréis! Podéis fiaros de mí; mañana, habré aunado todas mis fuerzas, para poner mi persona a vuestro servicio y libraros, como es mi obligación. Pero debéis guardaros de cualquier alusión o comentario con la gente sobre mi identidad. Cualquiera que sea el desenlace de esta batalla, cuidad de que no me reconozcan. —Señor, os aseguro que ni en caso extremo descubriré vuestro nombre, ya que así lo queréis, y que antes sufriría la muerte. Pero ahora, os ruego que por mí no volváis al combate. No quiero que emprendáis una lucha tan arriesgada y desigual. Os agradezco tan generosa promesa como me hicisteis, y que cumpliríais con total entrega, pero yo os relevo por completo de este compromiso, porque prefiero ser la única en morir, antes de ver a aquéllos alegrarse por vuestra muerte y la mía: yo jamás escaparía a la muerte, si ellos llegasen a mataros, y más vale que sigáis con vida a que muramos ambos por la misma causa. —¡Cuánta tristeza llevan vuestras palabras, noble amiga! —replica mi señor Yvain—. ¿Acaso renunciáis a libraros de la muerte o despreciáis el amparo y ayuda que os brindo? No voy a disputar con vos, sino sólo a daros una razón: es tan grande la deuda que he contraído con vos, que es mi deber el no dejar de respaldaros siempre que lo necesitéis. Entiendo muy bien vuestros temores, pero, si así lo quiere Dios, en el que tengo fe, los tres combatientes quedarán afrentados y derrotados. «Ahora me marcho, para acomodarme en algún lugar de este bosque, pues no conozco ningún castillo por aquí cerca. —Señor —contesta la doncella—, Dios os dé buen hospedaje y buen descanso, y os guarde, como es deseo mío, de todo cuanto os pueda perjudicar.Se despide mi señor Yvain y se marcha, siempre seguido del león. El Caballero del Leon - Crethien de Troyes - XIVCabalgan aprisa hacia el castillo, que estaba muy cerca, pues no distaba más de media legua —leguas de aquel país, donde una equivale a dos de las nuestras, y dos a cuatro de aquí.
Yvain permanece solo y dormido, mientras la doncella va en busca del ungüento. Abre la dama una de sus arquetas, saca un cofrecillo, y lo entrega a la doncella, rogándole que no despilfarre tan precioso bálsamo, y le frote la frente y las sienes, sin necesidad de untar otra parte del cuerpo, sólo sienes y frente, insiste, y que guarde con cuidado lo que sobre, pues aparte del cerebro no le duele ninguna otra cosa.
La dama ha mandado sacar atavíos forrados de piel, una túnica y un manto de seda escarlata. Todo lleva consigo la doncella, que por la diestra conduce a un buen palafrén. Ella ha añadido a este atuendo, como regalo suyo, una camisa y calzones de tela fina, y delicada calzas negras. Se aleja deprisa con todo este equipaje, y pronto encuentra, en el mismo lugar donde lo había dejado, al caballero, todavía dormido. Deja a sus caballos bien atados en un bosquecillo, y se encamina, con el traje y el ungüento, hacia el durmiente; con gran decisión y valor, se acerca a aquel loco furioso, hasta probar a tocarle y palparle. Coge el ungüento y le unta, hasta que no queda en el tarro ni onza de bálsamo, pues tanto desea su curación, que se esmera en frotarle todo el cuerpo. Gasta con prodigalidad, pues no le importa ni se acuerda de las recomendaciones de su señora, y echa más de lo necesario, porque le parece que siempre estará bien empleado; no sólo le frota las sienes y la frente, sino el cuerpo entero, hasta los dedos de los pies... Tanto le frotó, al sol ardiente, las sienes y todo el cuerpo, que consiguió sacar del cerebro toda la furia y la melancolía, pero fue una insensatez lo de untarle todo el cuerpo, porque no había ninguna necesidad —pero creo que, si ella hubiese tenido cinco sextarios de bálsamo, habría hecho lo mismo. Ahora huye, para esconderse al lado de sus caballos, llevándose el cofrecillo, pero no la ropa, porque quiere que cuando se despierte, el caballero la vea allí dispuesta y la coja para vestirse.
La doncella permanece al acecho, detrás de un alto roble, hasta que el caballero, que ya ha dormido lo suficiente como para encontrarse sano y repuesto, recobra el sentido y la memoria. Al verse desnudo como una estatuilla de marfil, siente gran vergüenza —mayor hubiese sentido, de haber sabido su aventura— pero ignora por qué se encuentra desnudo. Ve delante de él estos atavíos nuevos y se pregunta, con una sorpresa sin límite, cómo y por qué prodigio llegaron aquí, y tan estupefacto y desconcertado está ante su desnudez, que piensa que habría sido para él muerte y traición si en tal estado, alguien le hubiese encontrado y reconocido. Sin embargo se viste, sin dejar de mirar por el bosque, por si viese venir algún ser humano. Piensa poder levantarse y sostenerse de pie, pero no consigue andar: necesita encontrar ayuda, para apoyarse y caminar, porque el mal le ha afectado hasta tal punto, que apenas puede tenerse en pie.
En este preciso momento, la doncella, que ya no quiere permanecer escondida por más tiempo, pasa delante de él, cabalgando como si ignorase que está allí, y el caballero, que tenía gran necesidad de ayuda —no le importaba cuál— para que le llevasen hasta un castillo donde recobrar la salud, la llama con grandes esfuerzos. La doncella va mirando a su alrededor, vuelve a pasar de largo, como si no supiera nada de su presencia, se hace la sorprendida, lleva el caballo de un lado a otro, porque no quiere cabalgar derecho hacia donde él está. Y él sigue llamando:
—¡Doncella, por aquí, por aquí!
Y la doncella, por fin, endereza hacia él el trote de su palafrén. Le hizo creer con esta finta, prueba de recato y cortesía, que no sabía nada de él, ni le había visto nunca. Ahora se presenta ante él, diciendo:
—Señor caballero, ¿qué queréis de mí, cuando con tal urgencia me llamáis?
—¡Ah! —contesta—, gentil damisela, no sé por qué desgracia, me encuentro en este bosque. Por Dios y vuestra fe, os ruego que me prestéis como galardón o me regaléis este palafrén que lleváis.
—De buen grado, señor, pero acompañadme adonde voy.
—¿A dónde? —pregunta.
—Fuera de este bosque, hasta un castillo próximo.
—Damisela, decidme de verdad si me necesitáis.
—Sí —contesta—, pero creo que en este momento no os valéis muy bien vos mismo; os convendría descansar, por lo menos unos quince días. Coged el caballo que llevo a la diestra y cabalgaremos hacia el castillo.
Aquél, que no pedía otra cosa, lo coge y se monta, y van cabalgando hasta llegar a un puente, encima de un torrente que bramaba, desapacible y ruidoso. Al agua arroja de pronto la doncella el tarro, que llevaba vacío, pensando que así podrá disculparse ante su dama por el bálsamo malgastado: le dirá que, al pasar el puente, quiso la mala suerte que se le cayera al agua, porque, al tropezar su palafrén, se le escapó el cofrecillo del puño en que lo tenía encerrado, y poco faltó para que le siguiese en la caída —pero entonces habría sido más grave la pérdida—. Toda esta fábula, hará creer a su señora, cuando esté en su presencia.
Juntos han cabalgado hasta llegar al castillo. La dama ha acogido a mi señor Yvain con alegría, y sólo cuando ambas quedaron a solas, preguntó a la doncella por el tarro, y ésta le contó la mentira que tenía preparada, pues no se atrevió a decirle la verdad. Se irritó mucho la dama y le dijo:
—Es una pérdida muy enojosa, porque estoy segura de que jamás volveré a conseguir ungüento tan valioso, pero ya que ha desaparecido, no queda más que renunciar a ello. A veces cree uno desear su felicidad, y sólo está deseando su desgracia: así con este vasallo, que creí que me proporcionaría alegría y dicha cuando me ha hecho perder lo más caro y mejor de cuanto tenía. Sin embargo, os ruego que le atendáis con todos los honores.
—¡Ah! Señora, ¡qué bien decís, pues qué mala jugada sería el convertir una desgracia en dos! —responde la doncella. Del bálsamo ya no se vuelve a hablar y ambas rodean a mi señor Yvain con todas las atenciones habidas y por haber: le dan un baño, le lavan la cabeza, le afeitan —pues se le podían haber arrancado de la cara puñados de barba— le frotan y le vuelven a frotar, con aceites y perfumes. No hay deseo suyo que no se apresuren a satisfacer: ¿Quiere armas? En seguida se las proporcionan. ¿Un caballo? Le dejan el más grande, hermoso, fuerte y vigoroso.
Así pasó su estancia, hasta que, cierto martes, llegó ante el castillo el conde Alier, con su séquito de caballeros y hombres de armas, que iniciaron el ataque, sembrando de incendios y pillaje todo a su alrededor. Suben aprisa las gentes del castillo, para proveerse de armas, y salen todos, con armas y sin ellas, hasta alcanzar al enemigo, ya preparado, que no se digna ni moverse, porque les está esperando en un desfiladero.
Mi señor Yvain, que tras este prolongado descanso ha recuperado toda su fuerza, arremete a golpes contra la apretada hueste. Con tal fiereza golpea a un caballero en medio del escudo, que me parece que dejó volteados a caballo y caballero, uno encima del otro, sin que el caballero pudiera jamás volver a levantarse: quebrada ya la espalda por el medio, se le reventó en la tripa el corazón. Se echa un poco atrás mi señor Yvain para tomar distancia, y pronto vuelve a la carga, y cubriéndose con el escudo se lanza para abrirse paso. ¡Veríasele derribar a cuatro caballeros en un santiamén, con más facilidad y en menos tiempo de lo que se tarda para contarlos, uno, dos, tres y cuatro!
Gracias a él iban cobrando coraje sus compañeros de armas, porque un hombre de corazón cobarde, cuando tiene ante sus ojos a un caballero que se esfuerza en su tarea con tal valentía, se siente invadido por una deshonra tan grande, que la vergüenza empuja al corazón pusilánime que lleva en el cuerpo, y le sostiene, dándole coraje y corazón de caballero. Así de valientes se tornaron sus compañeros, y cada uno estuvo perfectamente en su lugar durante el combate.
La dama, subida a lo alto de la torre de su castillo, sigue los combates, y el ataque que marca la reconquista del desfiladero, contemplando heridos y muertos que yacen en el suelo, tanto de sus gentes como del enemigo, pero más de estos últimos, porque el cortés, el valiente y noble señor Yvain los tiene a su merced, como el halcón a las cercetas. Los hombres y las mujeres que se han quedado en el castillo, desde donde observan la batalla, exclaman:
—¡Ay! ¡Qué guerrero tan valiente! ¡Con qué vigor, a sus enemigos obliga a doblegarse, requiriéndoles con tan recia firmeza! Arremete contra sus filas, como el león entre los gamos, cuando le acosa y persigue el hambre. ¡Qué fieros e intrépidos se han vuelto nuestros caballeros, que luchan con desconocido arrojo, cuando si no fuera por su ejemplo, no hubiesen quebrado lanza ni desenvainado espada para pelear! Cuando se encuentra a un hombre tan noble, hay que rodearle de afecto y estima.
»Mirad qué pruebas de valor está dando este caballero y con qué firmeza se mantiene ante el cerco de los combatientes. ¡Cómo tiñe ahora de sangre su lanza, y su espada desnuda! Ya veis cómo se abre paso, empujando a sus enemigos en tropel, cómo se lanza, pasa adelante, esquiva el golpe y se vuelve. ¡Qué rapidez, cuando esquiva, pero cómo se demora para encararse al volver! Mirad, cuando arremete en medio de la lucha, qué poco caso hace de su escudo y deja que lo despedacen. No tiene piedad, ni poca ni mucha, sólo siente el fuerte deseo de vengarse de los golpes que le dan.
»Si le hubiesen fabricado lanzas con el bosque de Argona entero, creo yo que a estas horas de la noche no quedaría ninguna, pues no dan abasto para colocarle en el fieltro del arzón tantas como va quebrando.
»Ahora, mirad cómo saca y blande la espada. Ni Roldán con Durandal, luchando contra los turcos, hizo tal masacre, ni en la batalla de Roncesvalles, en España. Si tuviera el refuerzo de algunos compañeros del mismo temple, pronto se retiraría vencido el felón que nos aqueja, o saldría deshonrado del combate.
Y añaden a estos comentarios, que en buena hora habría nacido la mujer a quien entregase su amor, él, cuya bravura con las armas se reconoce entre todos, como un cirio entre las velas, como la luna entre las estrellas, como el sol, cuyos rayos hacen palidecer a la luna; con sus proezas, se ha ganado los corazones de todas las gentes: cada uno, y cada una, hubiera querido que tomara por esposa a la dama del castillo y que quedase el feudo bajo su gobierno.
Así que todos, hombres y mujeres, cantaban alabanzas del preciado caballero, pero lo que contaban era pura verdad, pues a tantos enemigos alcanzó, que huyeron a cual mejor. Pero él los acosa desde muy cerca, seguido de todos sus compañeros, que a su lado se encuentran tan seguros como si estuviesen rodeados por una alta y espesa muralla. Dura mucho el acoso, porque los perseguidores andan a la caza de los agotados fugitivos, y cuando los alcanzan, los despedazan y destripan sus caballos. Ruedan los vivos encima de los muertos, hiriéndose o matándose entre ellos en lucha encarnizada.
A toda prisa huye el conde, pero mi señor Yvain no vacila en perseguirle y hostigarle, hasta que le alcanza al pie de una empinada cuesta, muy cerca de la entrada de una fortaleza que le pertenecía. Allí quedó detenido en su huida el conde, pues nadie acudió en su ayuda, y sin súplicas ni dilaciones, le tomó mi señor Yvain juramento de sumisión, porque estando los dos solos, de igual a igual, el conde no tenía defensa ni posibilidad de escapar, o esquivar sus obligaciones; así que le prometió por su honor, que se entregaría a la dama de Norisón, rindiéndose preso y atendiendo a sus condiciones de paz. Después de tomarle juramento, le hizo desarmarse, y quitado el yelmo de la cabeza y el escudo del cuello, se rindió el vencido haciendo entrega de su espada desnuda.
Le cayó entonces en suerte a mi señor Yvain el honor de llevar preso al conde, para entregarle a sus enemigos, que no se alegrarían poco de esta aventura. Pero la noticia de tan señalado acontecimiento empezó a correr, antes de que llegase al castillo; así que todos van saliendo a su encuentro, con la dama a la cabeza. Mi señor Yvain le hace entrega del preso, al que lleva de la mano. Entonces jura y promete el conde hacer su voluntad, sin reparos, atender a sus condiciones como vencido, respondiendo ante ella, con todas las garantías, del cumplimiento de tal compromiso: le promete por su honor que mantendrá la paz con ella de aquí en adelante, y la compensará de todas las pérdidas cuyas pruebas adujere, volviendo a edificar cuantas casas haya destruido.
Cuando quedaron asentadas estas capitulaciones a gusto de la dama, mi señor Yvain le pidió licencia para irse, cosa que ella nunca le habría otorgado, si él hubiese querido tomarla por esposa o amiga; pero no es el caso: ni siquiera deja que le acompañen y hagan escolta, y se marcha inmediatamente, sin que valga súplica alguna. Reemprendió su camino sin demora, dejando muy afligida a la dama, a la que acababa de colmar de alegría. Precisamente porque tanta felicidad le había proporcionado, mayor era ahora su pesar y desesperación, al ver que no quiere quedarse más tiempo, cuando ella hubiese deseado cubrirle de honores. De haber aceptado, le habría hecho señor de todos sus feudos, o a cambio de su servicio, le habría dado cuantiosas soldadas, a su antojo. Pero él se negó a escuchar las razones de nadie, fuera hombre o mujer. Así se separa entonces de la dama y de su séquito, pese al profundo pesar que todos sienten, porque no quiere permanecer entre ellos.
Mi señor Yvain camina meditabundo por un espeso bosque, cuando oye salir del soto un grito de dolor desgarrado. Se dirige entonces hacia el lugar desde donde había partido el grito, y al llegar a un claro del bosque, ve en el fuego de la artiga a un león, al que una serpiente tenía agarrado por la cola, y le iba quemando la espalda a llamaradas. Sin entretenerse mucho contemplando este prodigio, mi señor Yvain delibera en su fuero interno a cuál de los dos animales prestar ayuda. Ya lo tiene pensado, se pondrá de parte del león, porque a las especies traidoras y venenosas sólo se las debe dañar, y tanta felonía rezuma la serpiente venenífera, que vomita fuego por la boca. Por esta razón, decide mi señor Yvain que lo primero es matarla. Saca la espada y avanza hacia la bestia, el escudo delante de la cara para que no le alcance la llama, que la bestia va echando por una boca más ancha que una olla. Si el león le asalta luego, ya tendrá batalla por respuesta, pero ocurra después lo que ocurra, ahora Piedad le suplica e inspira, para que ayude a este animal noble y franco.
Con su espada, que corta fina y fácilmente de un tajo, se lanza al ataque de la serpiente traidora y la parte por la mitad, hasta el suelo, y volviendo a tajar los dos trozos, golpea y sigue golpeando, asestándole tajos y más tajos hasta dejarla descarnada y desmenuzada en mil pedazos. Pero al león no tiene más remedio que partirle el trozo de la cola que seguía agarrado a la cabeza de la serpiente felona. Se esmeró en cortarle lo menos posible, sólo lo imprescindible.
Cuando hubo liberado al león, pensó que tendría que enfrentársele, porque se le echaría encima, pero aquel animal estaba lejos de albergar esas intenciones. Escuchad lo que hizo entonces el león: se comportó como un caballero de buen linaje, adoptando los mismos gestos que quien se entrega preso: estiraba hacia él ambas patas juntas, apoyándose en las de atrás, e inclinaba la cabeza, volviendo a arrodillarse, con toda la cara mojada de lágrimas, en señal de humildad. Mi señor Yvain sabe perfectamente lo que esto significa: el león se humilla ante él, y le da señales de gratitud, por haberle librado de la muerte matando a la serpiente. Esta aventura llena al caballero de gozo.
Limpia su espada, manchada por el veneno y la inmundicia de la serpiente, y vuelve a envainarla, para reemprender el camino. Sigue su marcha flanqueado por el león, que ya jamás se apartará de su lado: de aquí en adelante, quiere acompañarle siempre, estar a su servicio y protegerle.
El león va por delante, para abrir el camino, y cuando husmea en el viento el olor de algún animal salvaje paciendo, se queda quieto, como al acecho. El hambre y el instinto le empujan a buscar la presa y cazarla, para proveerse de su alimento: es ley de Naturaleza. Sigue un poco la pista, para mostrar a su señor que ha olfateado y rastreado una bestia salvaje, pero después se detiene y le mira atentamente, porque quiere servirle obedeciendo sus deseos, y no irá a ninguna parte en contra de la voluntad de su amo. Éste le comprende con su sola mirada: está demostrándole que le espera.
Percibe y entiende perfectamente lo que significa: si se queda parado, él también se detendrá, pero si le sigue, cobrará la pieza que ha olfateado. Entonces le excita jaleándole, como hiciera con un perro braco, y ahora el león vuelve a caminar, el hocico al viento, siguiendo la pista que ha husmeado. Y no le había engañado, pues a menos distancia de lo que alcanza un arco vio a un cervatillo, que pacía solo en un valle.
Usa protector solarEste video lo descubri en el blog de un amigo, y la verdad son cosas que sabemos y que a veces necesitamos refrescar, así que publico el video y hasta junio ;)
Hasta despues de las elecciones ;)
Por falta de tiempo, me retiro hasta el 28 de mayo :P Rabindranat Tagore - CuentoYa el sol se había puesto entre el enredo del bosque sobre los ríos.
Los niños de la ermita habían vuelto con el ganado y estaban sentados al fuego, oyendo a su maestro Gautama, de pronto llegó un niño desconocido y lo saludó con flores y frutos. Luego, tras una profunda reverencia, le dijo con voz de pájaro:
“Señor Gautama, vengo a que me guíes por el Sendero de la Verdad. Me llamo Satyakama.”
“Bendito seas –dijo el Maestro- ¿Y de qué casta eres, hijo mío? Porque sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría.”
Contesto el niño:“No sé de qué casta soy, Maestro; pero voy a preguntárselo a mi madre.”
Se despidió Satyakama, cruzó el río por lo más estrecho, y volvió a la choza de su madre, que estaba al fin de un arenal, fuera de la aldea ya dormida.
La lámpara iluminaba débilmente la puerta, y la madre estaba fuera, de pie en la sombra, esperando la vuelta de su hijo.
Lo abrazó contra su pecho, le besó en la cabeza y le preguntó qué le había dicho el Maestro.
“¿Cómo se llama mi padre? – preguntó el niño- Porque me ha dicho el señor Gautama que sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría.”
La mujer bajó los ojos y le contestó dulcemente:
Cuando era joven yo era pobre y conocí a muchos amos. Sólo puedo decirte que tú viniste a los brazos de tu madre Jabala, que no tuvo marido.”
Los primeros rayos del sol ardían en las copas de los árboles de la ermita del bosque. Los niños, con los pelos aún mojados del baño de la mañana, estaban sentados ante su Maestro, bajo un viejo árbol.
Llegó Satyakama, le hizo una profunda reverencia al Maestro y se quedó de pie en silencio.
“Dime –le preguntó el Maestro- ¿Sabes ya de qué casta eres?”
“Señor –contestó Satyakama-, no sé. Mi madre me dijo: Yo conocí muchos amos cuando era joven, y tú viniste a los brazos de tu madre Jabala, que no tuvo marido.”
Entonces se levantó un rumor como el zumbido iracundo de las abejas hostigadas en su colmena. Y los estudiantes murmuraban entre dientes de la desvergonzada insolencia del niño sin padre.
Pero el Maestro Gautama se levantó, trajo al niño con sus brazos hasta su pecho, y le dijo:
“Tú eres el mejor de todos los brahmines, hijo mío; porque tienes la herencia más noble, que es la de la Verdad.”
Facto Delafé y las flores azules - Mar el poder del marPa mi niña ... muack Tonino Carotone - Me cago en el amorSin indirectas...
TEM I passa el temps...Hem de recordar tants dies de pena sempre atenta, per a enfonsar-nos de nou a l’enrenou de les urnes. Maniqueu i antic, el joc del perill expectant i inquiet. La gelor del record que corre pels carrers pels mítings i parets farcides de pintades, pregones d’amenaces. Vet aquí la por inaturable d’una vella justicia que pot, de sobte, vestir-se de venjança. I passa el temps...
Les coses en son punt, al seu lloc de sempre, controlades les armes i els diners als bancs. Als mateixos pinxos dels mateixos pobles els pujaran el sou i faran processons amb el batlles nous. I passa el temps…
Ens moguérem pels camins de la difícil concòrdia, i cercàrem un pou de pau per a tirar calç viva a tants, sense descans, morts oblidats, barrejant amb ells tots els desitjos que el poble enterc ens ha servat. I passa el temps...
I res no passa i sempre el poble torna a la feina com cada dia, a la pessada càrrega d’interessos imposats, pels mateixod carrers de paraules i mites que ens ha enfonsat. Ara els fills, ara l’escola, ara el treball ...
Ens imposen l’exili, dubtosa la paraula de l’ignorat país. Deixeu-nos, al menys, la dignitat... I passa el temps...
TEM
Debemos recordar tantos días de pena siempre atenta, para hundirnos de nuevo al alboroto de las urnas. Maniqueo y antiguo, el juego del peligro expectante e inquieto. La frialdad del recuerdo que corre por las calles por los mítines y paredes rellenas de pintadas, pregones de amenazas. Hé aquí el miedo imparable de una vieja justicia que puede, de repente, vestirse de venganza. Y pasa el tiempo...
Las cosas son y punto, en su lugar de siempre, controladas las armas y el dinero a los bancos. a los mismos matasietes de los mismos pueblos les subirán el sueldo y harán procesiones con el alcaldes nuevos. Y pasa el tiempo…
Nos movimos por los caminos de la difícil concordia, y buscamos un pozo de paz para tirar cal viva a tantos, sin descanso, muertos olvidados, mezclando con ellos todos los deseos que el pueblo enterc nos ha servado. Y pasa el tiempo...
Y nada pasa y siempre el pueblo vuelve al empleo como cada día, a la pesada carga de intereses impuestos, por las mismas calles de palabras y mitos que nos ha hundido. Ahora los hijos, ahora la escuela, ahora el trabajo ...
Nos imponen el exilio, dudosa la palabra del ignorado país. Dejadnos, al menos, la dignidad... Y pasa el tiempo...
Micah P HinsonUna gozada de musico y de musica....
![]() El Caballero del Leon XIII - Chretien de TroyesLa víspera de la fiesta, los dos volvieron de un torneo, donde había luchado mi señor Yvain, y ambos caballeros se habían llevado todo el mérito del encuentro —esto cuenta, me parece, la historia.
Los dos compañeros acordaron no hospedarse en la ciudad, y haciendo montar su pabellón fuera del recinto palaciego, reunieron allí a su corte, sin acercarse a la corte del rey; en cambio, el rey vino a la suya, pues con ellos estaba toda la flor de la caballería. El rey Arturo se acababa de sentar entre ellos, cuando Yvain empezó a meditar. Jamás desde que se despidió de su dama, le había sorprendido pensamiento como el que le invadía ahora, en que se percataba de que había traicionado su promesa, traspasando el término fijado. A duras penas, iba reteniendo sus lágrimas, y sólo la vergüenza que sentía la ayudaba a contenerlas.
Mientras así se hallaba, meditabundo, vieron venir una doncella, que cabalgaba derecho hacia ellos. Al galope llegaba, montada sobre un palafrén negro, con motas de color pío. Descabalgó delante del pabellón, sin que nadie le ayudase a desmontar, ni fuera a coger su caballo. En cuanto pudo ver al rey, dejó caer su manto, y sin esta prenda, penetró en el pabellón y se presentó justo delante del rey.
»Mi señor Yvain ha matado a mi señora, porque ella pensaba que guardaría su corazón y se lo devolvería, antes de que hubiese transcurrido el año.
»¡Qué olvidadizo has sido Yvain, incapaz de acordarte de que debías volver al lado de mi dama, antes de un año! Ella te dio como plazo hasta la fiesta de San Juan, y tú has actuado con tal desprecio, que jamás volviste a acordarte. Mi señora, en cambio, ha ido marcando día a día, cada momento, en su cámara, pues el que ama vive en una continua ansiedad, todas las noches, contando y sumando, sin permitirse nunca un sueño feliz, los días que vienen y se van, porque así porfían contra témporas y estaciones, los leales amantes.
»No es sinrazón su queja, ni es prematura, y no estoy hablando para formular una querella, sino que insisto: nos ha traicionado el que ha traspasado el término señalado por mi señora.
»Yvain, mi dama no siente por ti más que desamor, y me manda decirte que no vuelvas jamás a su lado, ni te quedes por más tiempo con su anillo. Por mi mediación aquí presente, te manda decir que se lo envíes. ¡Devuélvelo, como es tu obligación! Yvain no puede contestarle, porque le fallan el sentido y las palabras, y la doncella se precipita hacia él y le arranca el anillo del dedo. Luego la doncella encomienda a Dios al rey y a todo su séquito, salvo a aquel al que abandona sumido en profundo sentimiento. Crece mientras, para el desdichado, el desasosiego hasta tal punto, que todo lo que ve le apena, que cuanto oye le enoja, y desearía haber huido, encontrarse solo en una tierra tan salvaje que no se supiera dónde buscarle, ni existiera alma viviente con más noticias suyas que si se hubiese hundido en un abismo. No hay nada en el mundo que odie tanto como a sí mismo, y se pregunta quién podría ofrecerle consuelo, cuando él es el artífice de su propia pérdida. Pero antes preferiría desangrarse hasta la muerte, que dejar de tomar venganza de sí mismo, por haberse despojado de su dicha.
Abandona la asamblea de los barones, porque teme volverse loco en su compañía. Como nadie sospecha su estado, le dejan marcharse solo, pensando que no le importan sus conversaciones y su trato. Anda errante largo rato, hasta alejarse mucho de tiendas y pabellones. Entonces le va subiendo a la cabeza tal vértigo, que le hace perder la razón. Camina enloquecido, rompiendo y haciendo trizas sus vestiduras, huyendo por los campos labrados. Ahora, con gran desconcierto, se preguntan sorprendidas sus gentes dónde puede estar, y le buscan a diestra y siniestra, por setos y vergeles, donde acostumbran a acomodarse los caballeros, es decir, le buscan justo donde no está.
Él sigue un buen trecho, hasta encontrar al lado de un cercado a un mozo que llevaba un arco con cinco flechas, de puntas muy anchas y aceradas. Yvain camina hacia el mozo, a quien quiere coger el arco y las flechas, que llevaba en la mano.
Ya no se acuerda de ninguno de sus actos pasados. Anda por el bosque, al acecho de los animales, para luego matarlos y alimentarse con esta caza totalmente cruda. Llevando esta vida de loco salvaje, iba vagando por el bosque desde hacía cierto tiempo, cuando encontró una casa bajita y pequeña que era de un ermitaño. Su dueño andaba artigando el bosque con fuego, para desbrozarlo. Cuando vio el ermitaño aquel hombre desnudo, se dio cuenta sin lugar a dudas de que no tenía
Nada más comer, volvió al bosque en busca de ciervos y ciervas. Cuando le ve irse el santo varón, que seguía bajo techo, ruega a Dios que le guarde y proteja, para que no vuelva a aparecer por sus lares aquel demente. Pero nadie que tenga un mínimo de sentido común, deja de volver de buen grado al lugar donde le han hecho algún bien; así que desde entonces, y mientras siguió poseído por aquel delirio furioso, nunca dejó pasar más de ocho días sin colocar delante de su puerta alguna bestia salvaje que hubiera cazado. Desde entonces, esta vida llevó: el ermitaño se encargaba de desollar las piezas de caza y guisarlas en cantidad suficiente; cada día estaban en la ventana el pan y el cántaro de agua, para aplacar al furioso, y además tenía para comer su propia caza, aunque fuera sin sal ni pimienta, y agua fresca de la fuente para beber. También se preocupaba el santo varón de vender las pieles, para comprar pan de cebada y centeno sin levadura.
Transcurrieron semanas, con su buena ración de pan y caza, hasta que un buen día le encontraron durmiendo en el bosque dos doncellas, que iban en compañía de una dama, a cuya mesnada pertenecían.
No me demoraré mucho contando el duelo que le causó aquel espectáculo, y referiré sólo las palabras que dijo entre sollozos a su señora:
—Señora, he encontrado a Yvain, el caballero más esforzado del mundo, el de más probado mérito, pero no sé por qué infortunio ha caído en tanta desgracia un hombre de condición tan noble. Acaso alguna desventura le haya provocado esta conducta extraña. Se puede enloquecer de dolor, y salta a la visa que él no está en su sano juicio, porque jamás, de verdad, habría podido comportarse con tal bajeza, de no haber perdido el uso de la razón.
»¡Ojalá Dios le devolviera el juicio, tan bueno o mejor que antes, y le permitiera acudir en vuestra ayuda! Pues demasiado daño os causan los ataques del conde Alier, que guerrea contra vos. La guerra entre ambos se resolvería a vuestro favor, si Dios le diese tan buen hado que recobrara la razón y se encargara de prestaros ayuda en tan grave apremio. —No os preocupéis —le contesta la dama—, porque seguramente, si no huye de aquel lugar, creo que con la ayuda de Dios, le libraremos la cabeza de tal frenesí, pero nos conviene actuar rápidamente porque me acuerdo que me dio un ungüento la sabia Morgana, diciéndome que no hay delirio tan violento, que no tenga la virtud de aliviar y quitar de la cabeza. Poema arabe
Mí presencia aquí no fue elección mía;
A mi pesar el destino me acosa para que me vaya. Levántate, envuelve un trapo a tu cintura, mi Torí, Y embriágate para alejar la miseria de este mundo.
Si hubiera sido mi elección,
La Luz - Pablo NerudaLA LUZ La boca de él en su boca. La mano de ella sobre la piel del hombre. Durmieron cuarenta horas de luz y cuarenta de sombra.
El mar los sostenía. El aire azul sin mancha, sin lluvia, sin ceniza, El sol central con su fuego redondo.
La extensión del océano, su estímulo profundo, y la espaciosa libertad del día.
Pablo Neruda |
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